Se sentó en la silla de siempre y se puso a pensar. Pensó que el mundo estaba loco, que la realidad no va más allá de los sentidos, que hablar es cosa de dos y que el silencio es frío. Pensó y pensó y pensó, y llegó la noche, y con ella, el frío. ¡El bendito frío! Serpenteando entre las esquinas de su habitación se acercaba con cara de bufón y tres lágrimas, sólo tres, una por cada mentira que le dijo él. Se tiró de la silla al suelo, entonces, y sintió el frío del suelo. No era igual. El frío de su boca era gélido, tortuoso. El frío del suelo no lo era, sólo era frío en el sentido más técnico y banal. Se subió a la cama y se arropó, pues el frío técnico y banal, y el gélido y tortuoso, se acostaron con ella y no dejaba de temblar. Lloró, no tres lágrimas, sino tres mil, o más...y la careta de bufón se había quedado en una esquina, y el frío rebeló su rostro: esas cejas altas y tupidas, la mandíbula viril, los ojos ámbar y tímidos, la boca color de chicle de fresa, la piel pálida, y las mil heridas que mis uñas hicieron al clavarse en su rostro, al hundirse en sus ojos...y la sangre por sus mejillas, por sus labios; seca, como la sangre en mi camisa de aquella vez que me cosí los labios para que no me oyese gemir en agonía. Y claro, no podía faltar un espejo, frío y duro sin igual. Pero no era igual, era ésa clase de frío técnico y banal, quizá más hermoso, brillante...era hielo límpido, pero no como el hielo de sus manos. Se levantó y se fue a la cocina, al salón y finalmente al baño. El frío venía detrás, cada vez más. El vapor emanaba de la bañera, y se sumergió en el agua candente intentando ahogar sus penas, intentando, en vano, encontrar calor en esos brazos...¡y vaya si encontró calor! Encontró un calor exacerbado, inusitado, pasional...la tomó entre sus brazos fuertes y la apretó contra su pecho, fuerte. La mañana les llegó de improviso, ella de espaldas y él hacia atrás. Su sudor se mezclaba con el suyo; su piel, bañada en ése perfume a almizcle e incienso; sus labios, vejados por ésa marea devastadora de fuego que eran los suyos, del calor, el fuego...¡Pero no! Pobre hierro candente, tan fundente, sólo con un gesto y un recuerdo que se cuela cuando no debe y se quedó deshecho y con su corazón ardiente roto, aún diciendo "Yo te puedo hacer feliz..." y un te quiero entre los labios. Pero no, no era él, era el frío. El frío que se asomó por las esquinas del día después con una lágrima y cara de dolido, con un odio al fuego descomunal. El frío traidor... mientras ella se salió de la bañera y se metió a la nevera, quién sabe, a ver si lo encontraba...y sí, allí estaba una parte de su esencia,...tecnicidad y banalidad. Pero era mucho más...y allí se quedó pensando, tan tranquila, helada, que se quedó dormida. Estaba su piel de un bonito color azul, y los labios coartados, y las pestañas heladas, como el pelo. Parecía una dama de hielo, ella. Qué hermosa. Y ahí sí que llegó él, pero no con tecnicidad y banalidad, sino con su rotro altivo y sus ojos ambarinos llenos de lágrimas, y un beso entre los labios que no sabía si dárselo o guardarlo hasta el final. Ella abrió los ojos, pero él no la veía. Estaba su piel tan fría que sus labios le parecieron casi tan candentes como los del fuego, pero con un sabor especial...Estaba muerta, y lo sabía. Daba igual. ¿Qué más da si muerto está el cuerpo si ella murió hace tanto ya? No había miedo a la muerte, ¿cómo iba a tenerle miedo a algo tan hermoso? Tuvo miedo de sus ojos, cuando le dijo "Aquí se acabó, ya no hay más", y cuando al frío se le ocurrió rogar le entró entonces el pánico, y se fue sin volver atrás. Es una chica especial. Una dama de hielo. Vaga por el mundo muerta, como todos, pero mira tú qué bien ¡lo sabe! Y lo disfruta... y él la quiere, le insiste y le ruega, pero ella lo dejó ya atrás...¡cuando por mala suerte camina muy rápido y le pasa por delante! Si es que estaba en la silla de siempre intentando no pensar, pero pensó, y pensó y pensó, y al final sólo pudo pensar que qué cómico cuando no hay motivos para nada...tienes sueño y no puedes dormir, porque acabas pensando cosas raras...¡qué difícil amar cuando se quiere tanto!