Beber la soledad...

Seca. Seca como la noche estival que se cuela somnolienta por mi ventana, seca como los juncos que bailan al compás del tiempo, a pesar del agua a sus pies. Ya no me llenas, a pesar de tu caudal, de tu curso, que me envuelve como el amazonas y su recorrido serpenteante, y me envuelve. La humedad hace mella de manera apabullante, y el sudor resbala por mi piel de manera casi imperceptible. Pero me ahoga, me atenaza el calor, la angustia...el calor me oprime y me enferma, a la par que me arrastra a mi mundo de pesadillas donde las sombras son largas y se mezclan con el rojo y naranja de la luz de la antorcha del bareto en que me encuentro, en un punto perdido del mundo. Evoco tu recuerdo, y me quema. Mi piel en carne viva huele a rabia, huele a mar, huele a ira. Huele a especias, mezcladas con la impotencia, con el almizcle del ambiente, con el miasma del lugar...retrocedo vidas atrás, y te veo en la silla de siempre, el gesto de siempre. El sillón de cuero a un lado, la felicidad perdida y un olor a fuego quemado y tabaco y cuero. Tienes sueño, como siempre. Lo que no sabes, o que pretendías no saber, es que te ahogabas en las paredes de piedra aquellas del estudio que no era otro que tu hogar, por no decir tu casa. Noto una gota de sudor que cae lento por el tabique de mi nariz, y luego observo cómo cae al vacío, grácilmente, sin adelantarse, sin perder un momento. Vuelvo a la vida, al jolgorio, al calor del infierno. Pero en un momento te arrastro al hemisferio derecho de mi cerebro que se encuentra a veinte grados bajo cero. Siente el frío. El frío invierno. Es un desierto níveo de sal y viento. El vaho empaña la vista, el frío duerme los sentidos, y el sueño eterno vence a los sueños...sueño eterno. Abro los ojos...y vuelvo al infierno. Cojo mi copa y bebo dos tragos que me saben mal y se me suben por la garganta. Aguanto la arcada y siento lo triste que es beber a solas, lo íntimo y personal. Te despojas ante el mal sabor de boca y te entregas a los matices del veneno que hay en la copa transparente, y miras el tono caramelo de tu licor famélico, y te pierdes. Beber a solas no es mal que daña, sino que es ahí cuando te das cuenta en serio de qué tan jodido estás. Y prosigues lentamente el ritual, entregándote en silencio al silencio de una noche enferma y calor en tu garganta. La mirada se pierde en el horizonte, y huele a mar. Se oyen olas, y las burbujas suben por las paredes de la copa como suben y se juntan las pocas ganas. Cierras los ojos, apuras el último trago, recuerdas un poco más, te hundes un poco más...y abres los ojos. Tú, la copa, el camarero y el saxo del fondo. Las olas. Porque son esos momentos fúnebres los que hacen izar las velas y que todo vaya viento en popa, y es que eso no tiene otro nombre que felicidad...jodido pero contento, ¿hay algo mejor?

