Hielo
Silencio. Te veo a lo lejos enfundada en tu manto negro, con las estrellas en una mano y la otra tendida hacia mí. ¡Cómo osar tocar tu mano, señora!, no lo merezco, simplemente. De su rostro impasible emanan rayos níveos que compiten contra los rayos del sol, que al perder se van renqueando dejando paso a la noche. Con una algarabía incierta alzas tus manos al cielo, esparciendo las estrellas sobre el firmamento, y tu risa sublime se transforma en un círculo sin fin ni comienzo que me cautiva e ilumina el sendero en las noches en que en mí te adentras hasta lo más profundo, dejándome sin palabras por tu solo tacto, en éxtasis con tu presencia. Tus rasgos armónicos dibujan una sonrisa casi pérfida mas perfecta, con tus labios mortecinos teñidos con vino y las dos pupilas sobre mis ojos, abiertos de par en par, intentando retener cada instante de tu imagen, tu figura. Entonces dejas caer el velo que cubría tus cabellos y una larga cabellera negra cae hasta tu cintura, y en lo que sopla el viento levanta el vuelo, transformándose en las ramas de los árboles desnudos ante el invierno. Yo suspiro ante el tacto de tu mano hecha de hielo, tan fría como tus ojos, muertos. Tiemblo y sollozo, pues la dicha es tan enorme que se hace insoportable...tú me arropas con tu manto, como una madre, y entre la gelidez de tu piel encuentro el calor que nunca antes de tu llegada supe encontrar. Oscuridad te llaman; para mí, simplemente, eres la belleza más pura hecha nombre. Y así, caminando por el sendero en una noche estrellada, oigo el gemido del viento entre las ramas desnudas de los árboles ante el invierno y te admiro, y la dicha es tan enorme que me echo al suelo y, sencillamente, derramo mil lágrimas de sangre mientras mi mirada sigue fija en ésa luna argentina que ilumina mi sendero...

