La historia inconexa

Los hechos que relato a continuación no precisan de fecha, y tampoco la recuerdo. Me han dicho mil veces que no son más que el efecto de angustias, recuerdos desenfocados...ilusiones trágicas que surgen en mi memoria para contrarrestar el dolor. Pero las voces que oigo cada noche dicen lo contrario...La historia se remonta a mi infancia, con un cálido sol de verano y el regusto de la libertad en la boca, el viento azotando los cabellos de mi madre. Nos lanzamos a la mar en una nave cómoda, con camarotes varios y de un blanco deslumbrante con suelo de madera clara barnizada. Mi infancia inocente me llevó a vagabundear por el barco, buscando entre recovecos y lugares prohibidos. Fue entonces cuando los descubrí: muñecos enormes de porcelana, de índole circense, colores brillantes y exultantes por un barniz bien conservado. Había un payaso, un oso...y otras figuras que no recuerdo con exactitud. Pero la que llamó mi atención fue el payaso. Su mirada revestida en maquillaje mostraba un brillo siniestro, pero lo que me intrigó no fue eso. Cuando me situé enfrente de la figura, me miró. Sus pupilas se movieron y una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. Salí corriendo despavorida, para tropezarme con el sol abrasador de la cubierta y refugiarme en los brazos de mi madre. Olía a salitre y gaviotas surcaban el cielo sobre el navío. Sin previo aviso, una gaviota graznó y se lanzó desbocada a atacarme. Mi madre me protegió, y nos fuimos corriendo al camarote. Los marineros que estaban alrededor - dos - me miraron extrañados; uno de mirada tosca pronunció algo en un susurro inaudible, sólo pude observar el movimiento de sus labios. El otro sólo se apartó unos pasos y siguió sus tareas sin mayor inconveniente. Asustada, mi madre me obligó a ducharme, me cambié y horas más tarde bajamos a la cena. Algo cambió, en ese momento mi madre sólo me apretó por los hombros y nos arrastró a las dos a una mesa apartada. La hostilidad era palpable. Pasaron algunos días y un día mi madre me pidió que fuera al camarote a buscar algo, no sé el qué, y tampoco sé cómo me perdí y llegué a la alcoba prohibida. Con un miedo atroz, cada paso, cada ruido pequeño me hacía saltar, pero me atreví finalmente a abrir la puerta de una patada...todo normal. Me fui acercando poco a poco, con recelo, y nada pasaba. Al final me coloqué frente al payaso y...nada. Me di la vuelta y lo sentí: me alejé hasta la puerta y miré hacia atrás, me estaba mirando. Esa mirada era...demasiada humana. Me encontré de repente con el marinero de mirada tosca frente a la puerta, la cual había cerrado de un portazo. Me fui corriendo y no volví jamás al camarote maldito. Quizás si lo hubiera hecho no habrían pasado las cosas que pasaron a continuación, sucesos horribles que mi memoria ha olvidado, pues tan sólo recuerdo hechos sueltos, inconexos, y tan sólo una imagen me persigue: mi madre, los ojos muy abiertos, pintura en el rostro semejante a la de cierta figura escalofriante, y saltando hacia las aspas, diciendo adiós; eso y las malditas voces, que ya suenan, ¿las oyes? Los hechos se desarrollaron de manera rápida, confusa. Sólo recuerdo que los suicidios eran diarios, a veces dos al día. Todos llevaban la cara pintada, los ojos muy abiertos y la misma salmodia entre los labios: "Es horrible...". Quedaron pocos en el navío, y yo fui una de las supervivientes...luego los hechos se desataron aún más rápido: en el barco me tenían recluida, para protegerme. Una niña no debe ver esas cosas...quizás si no lo hubieran hecho ahora tendría una mayor noción sobre el asunto. Cuando tocamos tierra me arrastraron y me esposaron de pies y manos. Creo que a los demás también, pero no pude verlo. Me metieron en una ambulancia y luego en una habitación muy bonita donde he pasado los últimos años de mi vida, desde ese momento, y siempre intentando resolver el misterio...pero hay una pieza que no encaja, un recuerdo fugaz. El marinero de mirada tosca, cayendo al mar, ensangrentado. Mis manos llenas de su sangre. Miré prolongadamente hacia abajo, no había nadie más, y él se había esforzado por todos los medios para no caerse, pero el líquido carmesí de la vida había hecho su trabajo y el hombre había caído al mar. Una manera extraña de suicidarse, evitándolo, pero igual fue una pérdida humana irreparable. Lo más extraño no es eso, sino que yo tenía una herramienta punzante en la mano, ensangrentada. Supongo que el desgraciado me la habrá dado antes de tirarse...y el caso está sin resolver, y yo sigo atrapada en estas cuatro paredes acolchadas, seguro que esperando el momento en que atrapen al payaso para que no me haga daño. Pero lo consiguen a duras penas, porque su voz sigue sonando de vez en cuando, susurra: "Asesina"...me quiere volver loca, pero no lo va a conseguir. Lo que más me duele es el recuerdo que tengo de mi madre: ella corría, se alejaba de mí justo antes de que se cayera hacia las aspas y tiñera el mar de rojo. Había horror en su mirada, creo que el payaso la perseguía. La enfermera abre un pequeño compartimiento donde deposita la comida, y se aleja corriendo. Ignoro la comida y sigo rayando el suelo. Dos pupilas negras me miran fijamente.

