Intentos

Como el trigo agachado, me doblas y no hay quien me sesgue, quien me dé uso. El olor de tus manos a pureza límpida invade el ambiente de forma repentina, y mi memoria rescata recuerdos sepultados tiempo atrás entre la tierra fértil y húmeda. Germinaron y dieron plantas marchitas y pútridas, con bellas flores y frutos amargos algunos, dulces los menos. El sudor de tu piel baña mi frente y dos jadeos rompen el silencio del paraíso que construyo para ti y para mí en mi imaginario: dije tiempo atrás que me negaba a consumir más de tu droga, pero como se suele decir, este es el último de los varios últimos tragos. Me concedo así un momento de gloria imaginando el olor del campo entrando por la ventana mientras el sol áureo dibuja sombras en tu piel, como si sintiese la necesidad de imitar la pintura tenebrista, llenándote de claroscuros. Mis dedos atraviesan tu piel suave y mojada por la humedad del ambiente, por el calor de los hechos pasados; parece ser un lienzo abierto a mi imaginación, que traza paisajes utópicos que hallan correlato en tu ser, recostado junto a mí. La dicha de un momento así se ve rota por el sonido del mundo exterior, y encuentro la fuente de tu aroma: me miras desde la distancia recordando. Cierras la mano en un puño como antes la cerrabas en torno a mi mano cuando compartíamos momentos, tuyos y míos. Ahora sé que atraviesan tu mente las mismas imágenes que atraviesan la mía, es la facultad que adquirí con el tiempo, la de leer en tus ojos, la que me lo dice. Me doy la vuelta y me convido al olvido: juré no volver a caer en tu droga, y con el tiempo, voy gastando intentos.



