Peso

El silencio tiene un precio muy alto de pagar. Avanzar con la mirada gacha y los labios cruzados por alambres, que te obligan a callar, exige un sacrificio demasiado alto...demasiado alto, quizá. Las lágrimas inundan tus ojos, pero tú llevas máscaras, porque el ruido, si bien no son palabras, no son silencio; y el llorar, es mucho ruido. Constantes voces que reverberan en las paredes de tu mente te incitan a actuar, te acusan, te juzgan. Un paso en el mundo del silencio conlleva soportar el peso de las palabras calladas, sepultadas en el alma, mientras se pudren lentamente. Esa semilla se instala en tu ánimo, y poco a poco su miasma te envuelve, te nimia, desgasta,...derrotado soportas el peso de tu cabeza entre tus manos ajadas por el frío de la soledad, la soledad de dos, de tres...del gentío, que pasa sin estar, que está sin llenar. Parece demasiado peso, ¿verdad? Y lo es. Lo es, pesa tanto que agachas los hombros, agachas los sueños, la voz, tu cuerpo. Cual contorsionista experimentado, tu alma encuentra la forma de enredarse y empequeñecerse cada vez más...estás muerto. Pero de alguna forma maravillosa, cuando creías que no quedaba más dentro de ti, un nuevo golpe y tu alma se encoge más aún , ennegrecida. Ennegrecida e inerte, hasta que la baña la luz de ese ser mágico, que puede ser un dios, un hombre, una mujer, un niño, un paisaje. No sé,...como una marioneta, hueca y con ojos tristes, levantas cabeza y experimentas el éxtasis, una paz interior, serenidad. Pero, eres una marioneta y como tal, cuando no sujetan tus hilos, caes. Y la luz mágica se va...y tú callas, y el efecto es rápido y letal. Guardas para ti tu esencia, que debe ser gritada al mundo, gritada más allá de las convenciones, de las normas, de las verdades, de las opiniones...pero callas. Callas y te pudres, caducas. Obsoleto y en tu rincón frío, piensas en gritar. Pero ya ha pasado tu oportunidad, no hay quien escuche. No hay quien esté dispuesto a oír tus plegarias de salvación...la luz que brillaba un instante no está, y cuando reaparece, está extrañamente fría, misteriosa. Tú, como hiciste tantas veces ya, has perecido entre silencios. Nadie te culpa, sólo tú a ti mismo. Pero no hay más soledad que la incomprensión, y no hay más dolor, que el no comprenderse a uno mismo.



